FESTIVAL

The Shawshank Redemption es una de las mejores películas de los años noventa. En España fue estrenada como Cadena perpetua y cuenta la resistencia de dos hombres bien distintos, uno blanco y otro negro, uno rico y otro pobre, uno despojado de la libertad por un crimen no cometido y otro al que se le niega la posibilidad de redimir un error de juventud. Los presos están encarnados por Tim Robbins y Morgan Freeman, a los que vemos hacerse amigos dentro de una cárcel estadounidense durante las décadas de los cincuenta y sesenta. Cuando esta aventura echó a andar, en 2015, no sabíamos que esa película en Argentina la estrenaron con un título que nos resulta familiar: Sueños de libertad.

Descubrimos la coincidencia mientras acabábamos de editar estos pliegos de papel teñidos con la filosofía de este festival y fue imposible no sonreír. Un preso solo puede soñar para no acabar de volverse loco. Más aún, si como Andy Dufresne, el personaje de Robbins, cumple condena por un crimen que nunca cometió. Pero él no deja de soñar y de construir durante 19 años un túnel que le permitirá escapar de la cárcel al final de la película. A soñar ayuda la música, la llave que libera de todas las cadenas. Si nos tenemos que quedar con una escena de Cadena perpetua (o Sueños de libertad, che) elegimos aquella en la que Andy coloca un vinilo en el tocadiscos del alcaide y reparte esperanza entre sus compañeros de cautiverio haciéndoles escuchar el aria de Las bodas de Fígaro.

La voz de Morgan Freeman, imponente narrador de la historia, dice al respecto: “No tengo ni la más remota idea de qué coño cantaban aquellas dos italianas y lo cierto es que no quiero saberlo, las cosas buenas no hace falta entenderlas. Supongo que cantaban sobre algo tan hermoso que no podía expresarse con palabras y que precisamente por eso te hacía palpitar el corazón”. Si nos soltaran en un campo de algodón a orillas del Mississippi en los tiempos de la infame esclavitud nuestro corazón palpitaría escuchando los cantos con los que miles de gargantas negras combatían el látigo del racismo. De aquellas canciones, arrancadas de África en contra de su voluntad, nacieron el góspel, el ragtime, el blues, el jazz, el soul, el rock, el funk, el rap. Camufladas en canciones, esas voces cruzaron el charco en dirección contraria y ya forman parte de nuestra memoria.

Actúan de refugio en los días malos, son la celda donde encerrar los amores rotos o la foto para conservar a los amigos que nunca volverán. Pero también son la excusa para quemar la noche como si no existiera el mañana junto a los mismos tontos de siempre, las migas de pan que conducen al amor recién pintado, los casetes que escuchábamos en el coche con el que cruzábamos el mundo analógico de nuestros padres. Estas páginas son un mapa sonoro que conduce a Ibiza. En Sant Antoni de Portmany os esperamos el próximo abril. Como Morgan Freeman al final de la película os veremos caminar por la orilla de la playa, con la chaqueta al hombro y la sonrisa en la boca. Bajo la luna mediterránea, brindaremos por los sueños que conducen a la libertad





SDL 16